Pues eso, érase una vez que se era una
taza con unas manos incrustadas, por aquello de que a lo mejor no está claro que las tazas se cogen con las manos, no con los pies ni con pinzas ni… Muy descriptiva, sí.
Ya, y la sensación de sujetar la taza con “las manazas” cuando está calentita y hace mucho frío, ¿qué?
Ya, y si “las manazas” son tan grandes que falta taza para coger, ¿qué?
Moraleja: Se le puede sacar punta a todo y a las
tazas también…
¿Quién nos iba a decir que
Caperucita y el Lobo llegarían a tener tanta confianza como para que él la protegiera de la lluvia como todo un “caballero peludo”?
Pues parece mentira y lo es, porque sólo es la ilustración de una
tacita con paraguas (o sea con una tapa roja monísima), que sirve para que las infusiónes no se enfríen.
En realidad es una
taza para lo que se quiera, como es lógico, pero que el diseño sea así hace que sea como más graciosa y más auténtica, ¿no?
Érase una vez un señor que se dejó la oreja en una taza sin darse cuenta ni nada, pero que cuando se quiso enterar… ¡Ya era demasiado tarde! ¡
La oreja formaba parte de la taza, así como el que no quiere la cosa! ¡Ay qué disgusto! ¡Ay qué sofoco!
Con el tiempo decidió hacerse pintor y mira tú por dónde que lo de no tener una oreja le vino bien y todo porque aunque muchísima gente no conocía su obra, todo el mundo sabía que la faltaba una oreja, eso sí.
Moraleja: Las orejas no están fuera del cuerpo, cuentan y mucho.
Eso no puede ser bueno ni para los que “están de los nervios” ni para los que no lo están. Claro que no tiene por qué ser necesariamente una taza para café. Si le echamos té el efecto atacante es el mismo pero si le echamos leche con miel la cosa cambia y la garganta se suaviza…