¿Quién nos iba a decir que
Caperucita y el Lobo llegarían a tener tanta confianza como para que él la protegiera de la lluvia como todo un “caballero peludo”?
Pues parece mentira y lo es, porque sólo es la ilustración de una
tacita con paraguas (o sea con una tapa roja monísima), que sirve para que las infusiónes no se enfríen.
En realidad es una
taza para lo que se quiera, como es lógico, pero que el diseño sea así hace que sea como más graciosa y más auténtica, ¿no?
Érase una vez un señor que se dejó la oreja en una taza sin darse cuenta ni nada, pero que cuando se quiso enterar… ¡Ya era demasiado tarde! ¡
La oreja formaba parte de la taza, así como el que no quiere la cosa! ¡Ay qué disgusto! ¡Ay qué sofoco!
Con el tiempo decidió hacerse pintor y mira tú por dónde que lo de no tener una oreja le vino bien y todo porque aunque muchísima gente no conocía su obra, todo el mundo sabía que la faltaba una oreja, eso sí.
Moraleja: Las orejas no están fuera del cuerpo, cuentan y mucho.
Eso no puede ser bueno ni para los que “están de los nervios” ni para los que no lo están. Claro que no tiene por qué ser necesariamente una taza para café. Si le echamos té el efecto atacante es el mismo pero si le echamos leche con miel la cosa cambia y la garganta se suaviza…
Qué gracia me ha hecho la pinta de esta taza que clarísimamente ¡está para el arrastre!
Está como cualquiera, después de una noche de juerga sin frenos ¿Cómo? Pues “hech@ caquita”, como “
la taza de la mañana siguiente“.
Muy apropiada para que un@ no se desmoralice al mirarse al espejo después de una noche “de esas”, al verle “la jeta” a la tacilla que está hecha un verdadero asco.
Un poco desagradable, pero justo lo que se necesita cuando tienes “esa visita inesperada” de la mayor petarda del mundo mundial, a quien llamaremos X.
Llaman a la puerta y X (que ha ido sin decir ni pío antes) se mete como “Pedro por su casa”, porque se ha enterado (seguro que por culpa de “Fefa”) de que has cambiado la cocina y te ha quedado monísima. Para demostrarle lo mona que te ha quedado le dices que si le apetece un café (por ti que no quede) y acepta gustosamente. Entonces viene cuando le sacas semejante juego y se levanta corriendo como si tuviera un muelle en el culo y gritando se dirige a la puerta de la calle.
Echando carreras por el pasillo, tú abres la puerta (encantada de la vida) y justo antes de salir “le pones un poco la zancadilla”, sólo lo justo para que salga un poco más rápido de lo previsto…
Moraleja: Cuando vuelva a venir “Fefa” le voy a sacar la misma taza, por bocazas.